Había
en tiempos remotos un terrateniente llamado Justoel, que ya anciano y
con muchas obligaciones y servidores a su cargo, viendo que, para la buena
administración de sus negocios necesitaba ayuda, se informó
de que en la ciudad había un hombre entendido y versado en cuentas
y negocios, llamado Topamin y dicho y hecho, cogió su coche y su
caballo y se fue a hablar con él, llegaron a un acuerdo y el administrador
se fue a vivir en una casa de las dependencias de Justoel. |
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Los
obreros de Justoel que eran muchos y siempre habían vivido bien,
empezaron desde entonces a vivir cada día más precariamente.
Hasta el mismo Justoel, que no era ambicioso, vio mermada su despensa
y vestuario, al punto de tener que pedir prestado a sus vecinos.
El único que allí vivía bien era Topamin, se había
buscado servidores particulares, comía los mejores manjares y vestía
las mejores ropas. No conforme con el salario acordado, Topamin estaba
especulando con todo lo que se le había confiado, quedándose
con la mayor parte del dinero sacado de las cosechas, de los ganados y
de los productos elaborados.
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Los
trabajadores, no pudiendo aguantar más, se dirigieron a hablar
con Justoel, exponiéndole su malestar y la convicción de
que los males que tenían se debían a la degeneración,
ambición y corrupción de Topamin.
A Justoel le costaba admitir esta maldad y perversión de su administrador,
pero examinadas las cuentas, las pruebas fueron abrumadoras y entonces
Justoel que por su edad y merecimientos era la justicia de aquellos lugares,
ordeno a Topamin, después de expropiarle sus bienes y riquezas,
que abandonara aquel territorio para siempre jamás.
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Esto,
hermanos míos, es comparable a lo que ahora esta ocurriendo en
las democracias. Pero con más difícil solución que
en los tiempos de Topamin. No sé si por ignorancia de nuestros
legisladores o intencionadamente; pusieron en manos de los servidores
de las naciones tal poder que no los podemos quitar aunque estén
sumidos en la rapiña, en la prevaricación y en la corrupción.
Una vez nombrados servidores de la patria, de una manera artera (no sabemos
a quien votamos), aunque la patria lo exija, no los podemos echar. Emisoras,
medios de comunicación y los más sabios entendidos en política
nos dan la solución: El voto. ¡Mentira!, cuando votamos estamos
refrendando nuestra conformidad con los puntos negros de la constitución.
Veamos... esta clase política, vergonzosamente, es una auto-clase,
legislaron y siguen legislando para tener un estatus social superior al
del resto de ciudadanos, ¿Por sus estudios? ¿Por su preparación?
No… por su caradura. Nadie puede fijar sus sueldos, sus jubilaciones,
sus dietas, sus horarios. En fin, no podemos favorecernos en nada, solo
ellos, nuestros servidores.
No es que sean tontos nuestros servidos servidores para que ninguno haya
presentando una propuesta de ley o de reforma de la constitución
con la solución de este lapsos constitucional…no…no
son tontos, es que están muy a gusto en la burra.
La cosa es tan fácil; como... que por medio de un decreto ley,
o por la reforma de la constitución, se determine: Que los servidores
de la patria, en ningún caso, podrán conseguir prebendas
ni mejoras por sus cargos, ni derivadas de estos cargos, en consejos de
administración de directores o consejeros en instituciones publicas
o privadas, ni sus familiares, hasta transcurridos cinco años de
su cese; ni ellos ni sus familiares podrán revalorizar sus casas
ni terrenos, ni percibir subvenciones, ni contratas ni cualquier clase
de beneficio que pueda poner en duda su honorabilidad, y que los sueldos
y jubilaciones sean determinados por el régimen general de la seguridad
social según la categoría que se les adjudique. Puede parecer
duro pero el que no este conforme que se dedique a otra cosa y deje la
política.
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